Breve comentario sobre la inutilidad


A algunos de nosotros sentirnos útiles nos hace sentir bien. Esto les encanta a otros de nosotros a los cuales les gusta que los demás les sirvan de algo.

En lo personal, el deber y el fuego incesante de ser útil (dentro de otras cosas), me llevó a convertirme en doctora. Entre más cosas hacía me sentía más valiosa. Entre más horas me desvelaba mi sacrificio era más remunerante. Si mis superiores me veían estoica y ojerosa, bueno, pues me estaban dando una presea. El premio de mi sufrimiento era el reconocimiento de ser útil. Disfrutaba el sufrimiento. Esto me hacía moralmente superior.

Esta necesidad de reconocimiento por ser útil me llevó a consecuencias bastante riesgosas, desde cubrir turnos de 48 horas, hasta cargar a una paciente de 120 kg sola, lo cual conllevó un gran riesgo tanto de lesionarme a mí, como de herirla a ella. Parece que el objetivo tenía que ser cumplido sin excusas, y sin pedir ayuda. Este orgullo mesiánico-masoquista era mi salario.

Parece que nunca me detuve a pensar en mis funciones, los linderos de mi actuar y mucho menos en mi bienestar. ¿Mi trabajo era ser camillera? No, yo era estudiante de quinto año, mi trabajo era aprender. ¿Pude haberme negado? Claro, pero eso denotaría que no puedo hacerlo todo, además probablemente tendría que haber pedido ayuda a un hombre, lo cual debilitaría mi fuerte visión del feminismo en el que las mujeres lo podemos todo, igual o más que los hombres. Me sentiría sólo 50% útil, por lo tanto 50% digna de ser llamada humana. Mi utilidad estaba directamente vinculada a mi valor como persona.

Con el paso del tiempo, (y algunos otros factores como mi choque en el que hice pérdida total mi auto, mi deterioro físico y emocional, mi depresión, etc.) me di cuenta de que alguien se estaba beneficiando de esto, y ese alguien no era yo (salvo por mi pago de reconocimiento). Poco a poco me di cuenta de que no necesitaba esa moneda de cambio, y de que, como dice Epitecto, puedo crear mi propio mérito.

Renuncié a mi trabajo. Comencé mi odisea hacia serme útil a mí misma. En mis siguientes empleos decidí acatarme a los límites de mis funciones establecidas. Esto me causó muchísima ansiedad y culpa. No podía tolerar que hubiera algo qué hacer y no estarme voluntariando para ayudar si ya estaba libre o desocupada. Pero decidí acatarme. Primero tuve que ignorar mi voz interna de culpabilidad, tuve que recordarme una y mil veces que si algo me pasaba haciendo algo que no me correspondía, como, por ejemplo impermeabilizar el consultorio o arreglar una tubería, el centro de salud no se haría responsable porque no era una de mis funciones establecidas. Escuché en una ocasión que una capturista, por hacer el favor, llevó unas vacunas a cierto lugar, en el camino perdió los frenos, su auto fue pérdida total, resultó lesionada, y no sólo no se hicieron responsables sino que la penalizaron por estar fuera de su zona de trabajo en horario laboral.
¿Cómo pudo ser? ¡Ella fue muy útil! Pues sí, pero no.

Me soy útil. Trabajo, mi trabajo me da dinero, mi dinero me es útil. Comer me es útil, tener ropa también. Divertirme me es útil, dormir también. Salir con amigos y familiares me es útil. A veces no hacer nada me es útil. En algunas ocasiones tal vez me soy inútil, pero ¿qué importa? Utilizo las cosas que tengo para construirme, para disfrutarlas, para mejorar mi vida. Por consecuencia algunas de las cosas que hago salpican bienestar a otros, pero ese ya no es mi eje, es un resultado natural.

¿Te soy útil?
Está bien.
¿Te soy inútil?
Está bien.
Todo seguirá su curso.

Parece que me estoy acercando al horizonte utópico del que habla Freud en El malestar en la cultura, ése que dice que ocurre cuando los inidividuos alcanzan satisfacción personal y cierta libertad mientras que el engranaje de la sociedad mantiene su forma y sigue siendo funcional.



La cara vana pasa.


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